◇ Cavilaciones de una mateada
◇ Cavilaciones de una mateada
El sol se filtraba entre los arbustos,
buscando llevar vida hasta el último rincón.
Y yo, de tanto en tanto, ajustaba la yerba mate
para saborear un amargo.
Son momentos donde no esperamos a nadie,
donde se nos cruzan incontados recuerdos,
como si nos fueran cayendo fichas incansablemente:
algunas se repiten, otras quedan inconclusas.
En una pequeña fogata calentaba agua;
de vez en cuando, cuidaba que no hirviera.
De fondo apenas se escuchaban
el trino de los pájaros,
el crujir de las brasas
y el suave correr del arroyo entre las piedras.
El viento templaba mi paciencia cuando,
sentado a la vera del camino,
en un día soleado,
pensaba en vos.
Los minutos y las horas se funden en un espacio
donde las agujas pierden sentido
y la arena cae lentamente.
Como hacedor de historias,
me caben
momentos de letargo
y otros de ebullición;
de iras contenidas —o no—,
de pasiones desbordantes
y de arrebatos también.
No se pueden embalar los sentimientos,
tampoco los horizontes ni los ríos.
A veces las aguas corren fuera de su cauce;
las palabras, también,
aunque no nos detengamos mucho en eso.
Mate a mate se van tejiendo pensamientos…
algunos despuntados a sabiendas,
otros sin quererlo siquiera.
Escribir te transporta a múltiples espacios…
ideas que se desvanecen
cuando intentamos volcarlas al papel.
El mate, a veces, es el único compañero posible
en un entorno que la vida nos presenta:
porque elegimos la soledad,
otras en una rueda familiar,
otras veces con amigos.
Pero siempre está.
Es un compañero.
Si alguna vez nos cayera mal,
sabremos buscarle la vuelta,
cambiar de yerba mate.
Pero el mate siempre nos acompaña,
en las alegrías
o en las tristezas.
♣
Autor: Miguel Angel Acuña Márquez -
© Vientoazul -
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