Desde el Otoño




◇ Desde el Otoño


Gota a gota
vierte las penas
en las manos,
ya ajadas por el tiempo.

Y, sin embargo,
a veces, cuando camina,
pareciera que el destino
cambió la arena por ripio.

¡Y sí!
La diferencia
es muy cara al andar.

No le sirve enmascarar las penas
cuando el dolor replica:
este va dejando sus huellas.

El alma sabe de golpes ajenos
y los soporta, como sea;
pero es muy frágil
a las indiferencias
de la propia sangre.

Cruje como madera añeja
hasta mostrar astillas y grietas.

Se resquebraja como papel
reseco por el tiempo.

Ya las manos no pueden contener
tanta pena, y las lágrimas brotan
y arden al correr entre los dedos.

La respiración se le hace difícil,
el corazón trastabilla
en la intemperie,
las piernas se aflojan.

Abriendo el pecho, dice en silencio:
—Dios, aquí estoy… Llévame.

Pero la respuesta es solo el silencio,
como si no fuera su hora.

Todo vuelve a empezar.
Y entonces de nada valen sus gritos
ni sus lágrimas:
el vacío no las replica.

Hunde los dedos,
extrae las vísceras
despedazadas por la indiferencia
y trata de cerrar las heridas del tiempo,
tan solo colocando su cabeza
en su propio regazo,
entornando los párpados
y encendiendo la lumbre de la esperanza,
intentando, en cada día joven,
renacer de las cenizas.

Mas
los días pasan,
las semanas vuelan,
los meses caen
en el cuerpo,
y los años no se detienen.

Pero él no cambia
y solo agrega silencio
a sus silencios.

Mas un día el tiempo
consigue que olvide
el motivo de su pena.
Y entonces… ya será tarde
para ambos.

 Desde el otoño: entre la caída y la obstinación de renacer 


Autor: Miguel Ángel Acuña Márquez – Vientoazul ©



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