Cavilaciones de pupitres


  ◇ Cavilaciones de pupitres


Hoy la añoranza me puede, viene a matizar mi mañana.

Se adentra en mis neuronas y se queda compartiendo sentimientos.

De cuadernos y lápices, despuntando el alba.

De amores de pupitres, cuánta calidez… pero no se puede volver el tiempo atrás.


Días con sueños por cumplir, horas con romances en un año escolar.

Tuve la dicha de asistir a un colegio primario mixto; lo aclaro porque no era común por aquellos días.

Tengo el mejor de los recuerdos, aunque no me fue fácil.

Cada uno luchaba por entender un mundo complejo.


Los problemas en el aula se arreglaban (quizás por una travesura):

—Miguel, ¡a dirección!—

Escuchaba la canción a San Lorenzo cuando todos se iban y comprendía por qué estaba allí, pero ser inquieto era más fuerte que yo.

Era una época donde las diferencias se arreglaban a la salida, a manos limpias y de a uno a la vez. Eran códigos no escritos, pero los había.

Así que uno debía estar preparado para respaldar las ideas y palabras con los puños. Para ser sincero, tampoco eran todos los días…

Los alumnos entraban corriendo; las alumnas, charlando.

Ellos llevaban figuritas (de cartón o de lata) y bolitas de vidrio de hermosos colores, que sacaban en los recreos.

Ellas llevaban figuritas abrillantadas que cambiaban juntándose en el patio, o diarios íntimos con historias.

Las escuelas, con patios enormes, contenían a tanta juventud: jugaban ellas marcando el piso con la rayuela; ellos, con los trompos.

Todos jugaban a la mancha venenosa o a las escondidas.

En esos pupitres que mostró el tiempo, con tinteros de cerámica blanca —hoy vacíos, pero no olvidados—, con grabaciones en la madera, de un filo o de apenas una simpatía,

que llenábamos con alegrías y tristezas.

Grandes pizarrones negros dejaban, en sus días, nuestra impronta blanca. Antiguos borradores de madera y paño.

Se escribía en él con tizas blancas o de colores.

Entre recreo y recreo surgían sonrisas cómplices, robándonos, como mucho, un beso en la mejilla…

Después de remarla mucho.

Cómo olvidar las caras, si hasta hoy, a pesar del tiempo, las guardo celosamente como recuerdos de mi niñez. Eso sí: las recuerdo intactas, sin cambiar la imagen de la época.

Pocas veces me crucé con ellos en la actualidad.

Cómo olvidar a las maestras… Sí, sí… recuerdo una: Paiva de Zappa. Me la crucé una vez en un colectivo de la línea 172, treinta años más tarde.

Conservaba su mirada noble y su gran ternura. Nos abrazamos, nos reconocimos a pesar de los años. Nos alegramos de vernos.

Cómo no recordar los carritos con las meriendas que nos ofrecían en el patio. Eran vasos transparentes. Nos tocaba, algunas veces, mate cocido con leche o chocolate caliente, con un pan para cada uno. Formábamos filas para recibirlo.

Al salir del colegio, pasaba por un negocio de artículos del hogar (el dueño era amigo de mi padre) y me sentaba a ver un programa infantil: Piluso y Coquito (de Olmedo). Mi madre ya sabía. Después continuaba el regreso a casa.

Recordar la época escolar es entrar en un mundo lleno de recuerdos y actitudes que te van formando.

♣ Autor: Miguel Ángel Acuña Márquez – Vientoazul ©


Imagen modificada por IA

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