Cavilaciones de pupitres


  ◇ Cavilaciones de pupitres


Hoy la añoranza se impone, viene a matizar la mañana.

Se adentra en las neuronas y se queda compartiendo sentimientos.

De cuadernos y lápices, despuntando el alba.

De amores de pupitres, cuánta calidez… pero no se puede volver el tiempo atrás.


Días con sueños por cumplir, horas con romances pueriles en un año escolar.

Existió la dicha de asistir a un colegio primario mixto, algo no tan común por aquellos días.

Quedan los mejores recuerdos, aunque no siempre resultara fácil.

Cada quien luchaba por entender un mundo complejo.


Los problemas en el aula se resolvían (quizás por una travesura):

—¡A dirección!—


Al quedarse en silencio el patio, la razón se hacía evidente, aunque la inquietud solía imponerse.

Era una época donde las diferencias se arreglaban a la salida, a manos limpias y de a uno a la vez. Eran códigos no escritos, pero presentes.

Así, se aprendía a respaldar ideas y palabras con los puños. Aunque, en verdad, no era cosa de todos los días…


Los alumnos entraban corriendo; las alumnas, charlando.

Ellos llevaban figuritas (de cartón o de lata) y bolitas de vidrio de hermosos colores, que aparecían en los recreos.

Ellas llevaban figuritas abrillantadas que intercambiaban en el patio, o diarios íntimos llenos de historias.


Las escuelas, con patios enormes, contenían a esa juventud: ellas marcaban el suelo con la rayuela; ellos hacían girar los trompos.

Todos jugaban a la mancha venenosa o a las escondidas.


En aquellos pupitres que el tiempo dejó atrás, con tinteros de cerámica blanca —hoy vacíos, pero no olvidados—, quedaban marcas en la madera: un trazo, una inicial, apenas una simpatía,

que se llenaba de alegrías y tristezas.


Grandes pizarrones negros guardaban, día tras día, la impronta blanca. Antiguos borradores de madera y paño.

Se escribía en ellos con tizas blancas o de colores.

Entre recreo y recreo surgían sonrisas cómplices, robándose, a lo sumo, un beso en la mejilla…

Después de mucho esfuerzo.

Cómo olvidar los rostros, si el tiempo no logra borrarlos del todo. Permanecen intactos, como suspendidos en aquella época.

Rara vez vuelven a cruzarse en la vida adulta.

Cómo no recordar a las maestras… alguna queda grabada con especial nitidez.

Años después, en un encuentro casual, la mirada y la ternura siguen siendo las mismas. El reconocimiento llega pese al paso del tiempo, y con él, la alegría.

También permanecen los carritos de las meriendas en el patio. Vasos transparentes, filas ordenadas,

mate cocido con leche o chocolate caliente, acompañado por un pan para cada uno.

Al salir del colegio, no faltaban las paradas frente a alguna vidriera o un televisor encendido, donde un programa infantil capturaba la atención antes de retomar el camino a casa.

Recordar la época escolar es entrar en un mundo lleno de gestos, códigos y aprendizajes que, silenciosamente, van formando a la persona.


♣  

Autor: Acuña,  Miguel Ángel 

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