La casa junto al río y el piano azul


 ◇ La casa junto al río y el piano azul


Prólogo


Buscando en los clasificados del matutino una casa para el otoño de nuestras vidas, nos llamó la atención uno en particular…

Había algo en ese aviso que no supimos explicar.

Desayunamos temprano y fuimos a verla.


La casa


Recorrimos las calles circundantes antes de entrar. Todo parecía demasiado tranquilo, como si el lugar hubiese quedado suspendido en otro tiempo.

Algo que me resultó extrañamente placentero fue el sonido de la grava bajo las ruedas. No era solo el ruido… era la sensación de estar llegando a un sitio que nos estaba esperando.


Detuve el auto a la sombra de un árbol. Bajé, di la vuelta y le abrí la puerta del Ford a mi esposa. Al acercarnos a la reja, noté que la agente de la inmobiliaria ya estaba allí, como si hubiese anticipado nuestra llegada.

Nos recibió con una sonrisa medida.

Mientras caminábamos por la finca, intercambiamos miradas de aprobación. Todo encajaba demasiado bien.

En la planta baja se distribuían el living, el comedor, la cocina y un baño. La escalera, prolijamente lustrada, parecía invitar a subir… como si tuviera algo que mostrar.

Al ascender, la vista nos envolvió. Desde la galería superior, el paisaje se abría con una calma casi hipnótica.

Arriba había dos habitaciones, un escritorio acogedor y una pequeña sala de estar. Desde allí se veían el quincho, la pileta —descuidada, cubierta de hojas— y un cuarto de herramientas. Más allá, el garage.

Y, a lo lejos… el río.

Demasiado cerca.

No dije nada, pero esa cercanía me dejó una inquietud difícil de nombrar.


Cuando volvimos a la planta baja, lo vi.

El piano.

Azul. Intenso. Presente.

No parecía un objeto olvidado. Había algo en él… una especie de permanencia.


—¿Por qué lo dejaron? —pregunté.


La respuesta fue breve:

—Fue un pedido de la dueña. No quiso separarlo de la casa.


No hubo más explicaciones.

Diana se acercó apenas. No lo tocó, pero noté en su mirada una mezcla de fascinación y respeto… como si intuyera algo.

La casa era hermosa. Antiguos detalles, pisos de pinotea, cortinas tejidas. Los años habían dejado marcas, pero no la habían vencido.

Aun así… había una sensación difícil de ignorar.

Como si la casa no estuviera del todo vacía.


La decisión


Días después, nos confirmaron que la oferta había sido aceptada.

La alegría fue inmediata.

O, al menos, eso creímos.

Imaginamos una vida tranquila. Un muelle nuevo. Tardes de lectura. Noches de descanso profundo.

El piano, curiosamente, nunca volvió a ser tema de conversación.


La llegada


Nos instalamos un fin de semana. Pocas cajas, mucho por hacer.

Esa primera noche cenamos en silencio, sobre una mesa desnuda.

La casa crujía.

Es normal, pensé.


Antes de dormir, creí escuchar algo.

Una nota.

Aislada.

No lo mencioné.


Relatos sobre el piano azul


Al principio fueron pequeños indicios. Sonidos que podían confundirse con el viento… o con la madera acomodándose.

Pero no lo eran.

Una noche, mientras leía, escuché una tecla clara, precisa. Levanté la vista.

El piano estaba inmóvil.


Con los días, los sonidos cambiaron. Ya no eran notas sueltas: parecían fragmentos de una melodía incompleta… como si alguien intentara recordar.

Nunca ocurría cuando Diana estaba cerca.


Una madrugada bajé.

El silencio era absoluto.

Pero el banco del piano no estaba exactamente en su lugar.

No dije nada.


Los vecinos hablaron. Historias fragmentadas:

Una concertista brillante.

Una caída en la escalera.

Una mente que se fue apagando… junto con la música.

—El piano se quedó callado —me dijo una mujer—. Hasta ahora.


Diana


Diana volvió a tocar.

La primera vez fue distinta.

La música era clara, armoniosa… viva.


Pero en un momento dudó.


—¿Escuchaste eso? —me preguntó.


Negué.


Ella frunció el ceño.


—Sentí… como si alguien marcara el ritmo conmigo.


No insistió.

Desde entonces, cuando ella toca, todo parece en calma.

Demasiado en calma.


Ausencias


El tiempo pasó.

Nuestra perra ya no estaba. Su ausencia dejó un silencio distinto, más profundo.

La casa lo absorbió.

A veces creo que incluso eso… forma parte de su memoria.


Deshojando el presente


Nuestros hijos siguieron sus caminos.

Nuestra hija Abril nos dio una nieta y Esteban se fue a construir su vida.

Y nosotros…

Nos quedamos.

La casa se volvió nuestro mundo.

El río, nuestro límite.

El piano…

nuestra pregunta.


Hoy


Hoy admiramos esta casa.

La paz que ofrece.

La vida que nos dio.


Pero hay noches…

en que el silencio se vuelve demasiado preciso.

Y entonces…

muy suavemente…

el piano vuelve a intentar recordar.


Autor:

Vientoazul 🦋⃟ ©

Imagen generada por IA

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