Tendida en el jardín
◇ Tendida en el jardín
Narra la historia de una joven que, en un momento crucial de su vida, sale desesperada al jardín y se arroja al césped, desconsolada, abatida, desquiciada.
La tormenta era testigo de su angustia. El viento azotaba los postigos de la cabaña, casi
habitada, por momentos por su única mascota. Su mente parecía no notar que estaba empapada y tiritando de frío. El tiempo dejaba sentir su crudeza. Ella no estaba bien, pero no lo sabía: su cuerpo perdía temperatura… y el desmayo llegó sin aviso.
Su perra, Luna, estaba desesperada. La vio salir atropellando todo, pero la puerta logró cerrarse antes de que pudiera seguirla.
El reloj marcaba el correr de los minutos, tiranamente. Aunque el teléfono no paraba de sonar, se acortaban las chances de que pudiera salir bien de ésta, sin secuelas. Luna se arrojó contra la ventana una y otra vez, hasta que finalmente cedió. Saltó entre los restos de vidrio sin dudar. Al ver que su ama no respondía a sus intentos por reanimarla, salió al galope hacia la casa vecina más próxima. Jadeaba, ladraba, empapada, tratando de llamar la atención.
Algunas luces se encendieron. El viejo José supo que algo no estaba bien: ese animal no actuaba así sin motivo.
Había intentado ignorar la tormenta. Cerró persianas, había preparado café y dejó encendida la lámpara junto al sillón para leer. Pero los ladridos insistentes lo obligaron a salir.
Luna, al verlo, se aferró a su ropa con la boca y casi lo arrastró para que lo siguiera.
José llegó hasta el jardín y vio a su vecina Olivia tendida en el suelo. Se acercó de inmediato y comprobó que aún respiraba, aunque con dificultad. Sin perder tiempo, la cubrió con su campera.
Al comprender que la situación lo excedía, llamó al 911. La ayuda estaba en camino. Sin ver heridas visibles, se animó a moverla con cuidado hasta el porche, donde al menos estaba a resguardo de la lluvia.
Esa noche, la madre de Olivia estaba profundamente preocupada. Llamaba sin descanso, sin obtener respuesta. Algo le decía que no todo estaba bien. Intentó comunicarse también con el vecino, pero tampoco respondía.
José, recordando el teléfono fijo, buscó entre los papeles y encontró números importantes. Logró comunicarse con la madre para tranquilizarla y avisar lo ocurrido. Luego, la línea quedó muda, probablemente por la tormenta.
Antes de salir, llamó en voz alta para asegurarse de que no hubiera nadie más en la casa. No sabía qué había pasado exactamente, sólo lo que había visto en el jardín.
Cuando llegó la ambulancia, revisaron a Olivia y la trasladaron de inmediato. Le pidieron a José que los acompañara, y así lo hizo. Antes de irse, cerró el portón para que Luna no escapara.
Mientras la atendían en el hospital, pensó en lo cerca que había estado todo de terminar peor.
Más tarde, la madre de Olivia le reveló la verdad: a pocos días de su boda, esa misma noche, ella había recibido un llamado que le anunciaba la muerte de su joven y futuro esposo.
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Autor: Miguel Ángel Acuña Márquez – Vientoazul ©

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