Apuntes sobre mi madre |||

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 ◇ Apuntes sobre mi madre |||


 • Hogar “La Casita”


Transcurridos algunos meses de 2006, con mi hermana solíamos alternarnos las visitas al hogar donde vivía Rosario (92), nuestra madre taurina, algunos días a la semana. 

Algunas veces la llevábamos a almorzar o a tomar un helado. Otras, nuestro hermano se la llevaba a su casa para que pasara el día. Posteriormente, esto ya no se pudo hacer.


Entonces nos sentábamos a la sombra, en un patio del hogar donde hacía cuatro años que estaba, en bonitas sillas de hierro forjado con almohadones. Yo le leía poemas y cuentos; a veces eran míos y otras veces no. Los seleccionaba especialmente para ella.


En algunas ocasiones nos encontrábamos también con mi hermana y mi sobrina Claudia, y hacíamos una ronda de mates, todos juntos.


Otras veces pasaba a buscar a mi hermana y, juntos, la llevábamos en silla de ruedas unas pocas cuadras. Elegíamos un lugar con sombra y compartíamos unos helados los tres.


Charlábamos de lo que se nos venía a la mente; después volvíamos a dejarla en "El hogar".


Por lo general tenía buen humor. Tenía dedos largos y espigados. Su nieta la visitaba, le pintaba las uñas y tomaba mate con ella.


Hoy la encontré feliz. No perdía detalle: contemplaba todos mis movimientos. Ya casi no hablaba, pero a veces lo hacía con frases cortas.


Infaltablemente cruzaba su pierna izquierda sobre la derecha y así permanecía durante largo tiempo.


A veces nos recordaba; otras, no. Nosotros lo tomábamos como algo natural.


Los sábados por la tarde solía pasar por “La Casita” de Alicia, el nuevo hogar de mi madre en aquellos años.


En verano nos ubicábamos en un patio intermedio con algunas plantas. La ternura flotaba en su mirada mientras devoraba un paquete de obleas o un flan de vainilla, según lo que le llevara, acompañado por un jugo de manzana o de naranja, del que casi siempre protestaba porque estaba frío. Claro, yo lo sacaba directamente de la heladera de un kiosco.


En invierno ponía el jugo junto a la estufa para templarlo un poco, hasta que me avisaron que no era conveniente, para que los demás ancianos no me imitaran (enf. Marianela).


Nunca me dio demasiado trabajo para comer. Luego yo escribía parte de algún poema o una pequeña historia. Mientras ella me contemplaba, con mucha paz en sus ojos, Rosario dejaba ver su mejor sonrisa.


Me pedía:


—Dame un poco de eso...

 algo de ahí, de eso.

Como los chicos, se guardaba los papeles debajo de su suéter. Yo simulaba no darme cuenta; a veces lo hacía tan rápido que casi no me daba tiempo a terminar de escribir.


En otras oportunidades le mostraba fotografías de sus plantas, y ella las miraba en la pantalla de mi laptop con alegría.


—A esas plantas las conozco —decía sonriendo.


—Claro, mamá, son tuyas —respondía yo, también sonriendo.

Su sonrisa quedará suspendida en el tiempo.


Debo agradecer a Alicia y a la enfermera Marianela por los cuidados que le brindaron.


♣ Autor: Miguel Ángel Acuña Márquez – Vientoazul ©

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