◇ Azar - Capítulo 4
◇ AZAR Capítulo 4
(Cuento fusionado)
Epílogo II
Ese martes, Sebastián, el mozo, asistió involuntariamente a una jornada de la cual no le gustó ser testigo. Máxime porque él había tomado siempre esta historia de la pareja con simpatía.
Así que no se esperaba este desenlace. Los vio conversar nerviosos. También los vio marcharse, aunque, por primera vez, se fueron por separado. Además, no sabía los motivos; solo podía intuir el mal momento.
Recordó entonces que, a principios de ese verano, hacía semanas que presenciaba —desde su cabal y necesario silencio de camarero, buen profesional— cómo se sucedían los encuentros entre aquellos dos clientes que, sin saber por qué razón, habían elegido su pequeño bar de carretera como punto de encuentro.
Sebastián bajó la persiana metálica que protegía la entrada de su negocio y se montó en su furgoneta, camino a casa. Los pensamientos se unían a las emociones como lapas a las piedras limpias en el rompeolas. Así solía sentirse: como un rompeolas donde toda el agua del mar impactaba para marcharse de nuevo con la misma corriente inversa. Esa es la vida del camarero: testigo siempre y jamás actor del cuento que, entre las mesas, se sucedía.
Hacía casi dos décadas que regentaba aquella cafetería en mitad de ninguna parte. Era un excelente camarero que había logrado ganarse —por su afabilidad y, cómo no, junto al mejor pastel de chocolate de la región— la suficiente clientela para mantener aquel negocio que daba de comer a sus dos amadísimos hijos.
No era eso lo que decía su expediente académico; no. En ninguna parte decía que era un buen camarero. Solo quedaba rastro de su prometedora carrera como ingeniero de sistemas en los primeros cursos allí calificados…
Aún retumbaba el eco de la voz de aquel granjero en su cabeza cuando aparcó en la puerta de su casa. Buscaba, con cierto anhelo, las llaves para entrar cuanto antes, con aquella sempiterna sensación de que no había mal interminable o problema que no dejara de serlo junto a ella.
Seguramente, a aquella hora de la noche, estaría, como siempre, esperándolo en el sofá de la sala, con su eficiente sonrisa, con un mate recién preparado, pues nadie como ella conocía sus horarios tanto como sus gustos.
Se detuvo un instante antes de entrar en casa. Quería dejar fuera aquel malestar que le producía el recuerdo de una lágrima atravesada en los ojos de un hombre que acababa de dejar de serlo, solo por miedo, o por comodidad, o por estupidez, o, vaya usted a saber por qué lo hizo. Pero aquella primera lágrima que atravesó sus ojos era el signo irrevocable de que lloraría por aquello el resto de su vida.
Mientras la brisa en el porche le avisaba de la hora tardía en la que aún seguía fuera de su hogar, recordó nítidamente la tarde de verano en la que él se encontró en el mismo lugar.
Su atuendo no era el de un granjero, sino el de un prometedor estudiante: un joven de buena familia y buen credo, con tanto futuro por delante como pudiera llenar de sueños.
Un joven que, en mitad de su carrera, fue a enamorarse de una desconocida que casi arrolla con su bicicleta una mañana. Una mujer once años mayor que él, esposa y víctima al mismo tiempo de uno de esos seres tan deleznables como numerosos en nuestro mundo.
Enamorarse de Julia fue, sin duda, una de las cosas más extrañas que le ocurrieron jamás…
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Autora:
Carmen Soriano
López
MÉXICO
©
FIN
Idea original: M. Á. Acuña Márquez (1a3) ©
Poeta invitada: Carmen Soriano López(4) ©
Co-autores: MAA y CSl
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